Cuento corto de terror de una casa embrujada

Lucia vivía y su hijo en edad de cuna vivían solos en una nueva casa de alquiler, aun no se acostumbran al entorno, ni a los extraños ruidos que se escuchaban continuamente, el bebé lloraba demasiado y solo se calmaba cuando mamá o la niñera se acostaban a su lado y lo abrazaban.

Una noche estando ya en la cama, Lucia vio que en la habitación del bebé aun permanecía una luz encendida, así que fue a apagarla, pero no pudo entrar al cuarto, parecía que la puerta estaba tapiada con un muro invisible, a pesar de que ella golpeaba con fuerza, no tuvo forma de entrar y solo crecía en desesperación al ver que su hijo flotaba en el aire, llorando con tal horror que comenzaba a ponerse azul.

A punto del colapso, la mujer se llenó de calma al paso de una luz que apareció de la nada, aquel brillo le llenaba de paz y le arrancaba a preocupación que tenía por su pequeño, en unos cuantos segundos, se reconfortó de tal manera que le fue sencillo quedarse dormida, tal vez pasaron horas hasta que volvió en sí. El niño dormía plácidamente en su cuna, la luz seguía incendiada, y la siesta que la mujer tomó fue suficiente, no volvió apegar los ojos en toda la noche, prefirió hacer guardia a su bebé.

Para el amanecer se había convencido a si misma de que probablemente fue un sueño, así que ese mal recuerdo se fue borrando de a poco. Hasta que una noche, justo al apagar las luces para dormir, Lucia vio el rostro de un hombre asomándose por el marco de la puerta, iluminado por destello proveniente de quien sabe dónde. La imagen de aquel señor barbado y canoso, la petrificó en cuestión de segundos. Pero ni el terror más fuerte puede contra el amor de madre.

Lucia corrió por su bebé, el cual dormía tranquilamente rodeado por aquella luz que les protegió la primera vez, la cual vista de cierta forma, semejaba la silueta de una chica. Pero la mujer no quería averiguar más al respecto, estaba segura que en esa casa había algo que quería hacerles daño, y la jovencita iluminada no siempre aparecería a tiempo para salvarnos. Así que tomó a su bebé, un par de cosas indispensables y salió de la casa.

Días después, se hizo de algunos ayudantes para que recogieran sus pertenencias del lugar, aunque le fue difícil que alguien quisiera realizar el trabajo, pues la mayoría de ellos, conocía muy bien un cuento corto de terror sobre aquella casa, en el cual se decía que los primeros habitantes eran aficionados a la ouija, y abrieron una puerta que nunca se cerró y por eso sucedían cosas extrañas.